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Jun 15

El Lobo con piel de cordero, la mesa sectorial del arte contemporáneo

El Lobo con  piel de cordero

La confusión entre el arte comercial y el arte con un beneficio público  en la “llamada” mesa sectorial del arte contemporáneo presentada en el MNCARS el 23 Junio del 2015

El documento de mesa sectorial del arte contemporáneo parece estar pensado para beneficiar al arte que va al mercado, al sector empresarial, al institucional o al arte comercial y a sus agentes (que no a la creación artística) sin embargo la justificación que se utiliza es del arte en sentido genérico “el arte como bien común”. La reducción del arte al mercado del arte conlleva la falacia de la unión: “todo el sector unido”. Pero el arte no es diferente del resto de otros sectores, por un lado esta la parte empresarial y por otro la parte intelectual y la trabajadora.
Siendo una mesa únicamente de representantes de las asociaciones profesionales se inviste como “representantes del sector artístico”.

Hay una guerra civil del arte y en ella a los artistas no solo no se les pide que retraten las batallas que el arte pierde sino que se les exige que ignoren el conflicto entre el arte comercial y el arte con un beneficio público.

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Asisto a la convocatoria de presentación de la Mesa sectorial del arte contemporáneo en el auditorio del MNCARS junio 23 2015. Antes de empezar la sesión, ojeo el documento unos minutos se habla del arte como bien, del acceso al bien, desarrollo de bienes comunes, de las buenas practicas. Lo primero que me llama la atención es que un documento que viene de profesionales del arte hable tanto sobre el bien. Todo el documento parece estar pensado para beneficiar al arte que va al mercado, al sector empresarial, al institucional o al arte comercial y a sus agentes (que no a la creación artística) sin embargo la justificación que se utiliza es del arte en sentido genérico “el arte como bien común”. El lobo que se hace pasar por cordero: empresas privadas con fines de lucrativos (como las galerías), consorcios con una agenda muy definida etc… “haciéndose pasar por” entes de beneficio publico participativas del bien común.

Me gustaría hacer una reflexión sobre el bien, y distinguir entre el “bien común” y los “bienes” ;  entre trabajar por el bien común o trabajar para obtener bienes;  entre el arte de beneficio publico y el arte comercial. Me gustaría además resaltar como la falacia de que todo el arte es de beneficio publico es precisamente lo que ha minado el valor del arte hoy. Ocurre de la siguiente manera: la mayoría del arte que se expone incluso en salas públicas, es arte comercial, su falta de  contenido existencial produce insatisfacción en el visitante; por otro lado, el funcionamiento del mercado del arte con los artistas-estrella y los precios desorbitados se parecen mucho a otros fenómenos como las especulaciones inmobiliarias.   Ambos factores producen un sentimiento que el arte no tiene nada que ver con el ser humano y en el  imaginario colectivo se produce  un rechazo al arte.

Este argumento podría explicar la razón que lo que hoy es indiscutible, que el arte no tiene una gran repercusión en el progreso intelectual ni demasiada influencia en la vida real. El arte se ha reducido al mercado del arte y todo el arte se ha reducido al arte comercial. Si queremos que el arte tenga valor (entenderse como un bien), se trata de pensar si realmente es un bien, si es algo genérico del arte o no, y en ese caso que tipo de arte, o que elementos del arte son  un bien común y cuales son un modo que algunos obtengan bienes. (leer este punto extendido al final del texto)

La reducción del arte al mercado del arte

Junto la confusión entre el arte de beneficio público y el arte comercial hay otro problema de planteamiento en el documento presentado en la mesa sectorial del arte,: el arte se ha reducido al mercado del arte. El arte (en general, abstracción de  beneficio publico)  y el mercado del arte son dos cosas diferentes, y sus intereses contrapuestos. La reducción del arte al mercado del arte conlleva la falacia de la unión: “todo el sector unido”. Pero el arte no es diferente del resto de otros sectores, por un lado esta la parte empresarial y por otro la parte intelectual y la trabajadora.

Ayer, durante la presentación de la llamada “mesa sectorial del arte contemporáneo”, desde el publico, Carlos León decía que no se sentía representado por ser pintor; yo diría que no me siento representada porque esa mesa representaba al lado empresarial y no a los artistas ni a los pensadores. El arte en esta mesa se había reducido al mercado del arte.

La reducción de los colectivos de arte a las asociaciones profesionales

Curiosamente, este mismo tono de reducir una totalidad a una parte (el arte al mercado del arte, o el arte al arte comercial) se repite cuando la mesa, siendo una mesa únicamente de representantes de las asociaciones profesionales se inviste como “representantes del sector artístico”.

En la convocatoria se  proclama  como la “que integra a todos los colectivos implicados en el desarrollo del arte contemporáneo. “

Aquí se lee el párrafo completo

“La Mesa sectorial del arte contemporáneo se constituye por primera vez en nuestro país como una plataforma abierta, inclusiva y participativa, que integra a todos los colectivos implicados en el desarrollo del arte contemporáneo a través de asociaciones profesionales de ámbito estatal, tanto sectoriales como intersectoriales, que representan a las y los artistas, comisarios, críticos, directores de museos, docentes, galeristas, gestores e investigadores.”www.iac.org.es

En realidad aunque en la mesa se dice representantes de “todos los colectivos” en realidad en la mesa sólo están representados 8 entidades:

Asociación de Directores de Museos de Arte Contemporáneo (ADACE), Consejo de Críticos y Comisarios de Artes Visuales (CCAV), Consorcio de Galerías Españolas de Arte Contemporáneo (CG), Federación Estatal de Asociaciones de Gestores Culturales (FEAGC), Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), Mujeres en las Artes Visuales (MAV), Sociedad Española de Estética y Teoría de las Artes (SEyTA), y Unión de Asociaciones de Artistas Visuales (UAAV).www.iac.org.es

Así, el nombre de la mesa “ Mesa sectorial del arte contemporáneo” colabora en aparecer como lo que no es. Se denomina mesa sectorial del arte contemporáneo pero en realidad es una mesa de asociaciones profesionales de arte. Este falta de rigor en la denominación la hace notar José Manuel Costa, quien ,desde el público, dice que esto no es una “mesa sectorial” faltan los sectores de arriba – la administración publica y los de abajo –como los colectivos de artistas. Desde la mesa, Armando Montesino, presidente del Consejo de Críticos y Comisarios de Artes Visuales (CCAV) responde: “somos representantes validos que no hay otros,  somos portavoces de la realidad” . Pero la realidad esta formada de mucho mas que las asociaciones profesionales y esta otra parte de la realidad no están representada. En primer lugar esta mesa solo tiene asociaciones. Pero una asociación es solo una de las dos formas posibles de crear colectivos sin ánimo de lucro en España: la asociación y la fundación, ambas son sin ánimos de lucro y representan intereses colectivos, algunas de las fundaciones además tienen denominación especifica de “de beneficio publico”. En segundo lugar en esta mesa solo hay asociaciones profesionales, pero hay muchísimas otras asociaciones de artistas. No hay argumentos desde la mesa de porque la mesa representan a todos los sectores, solo aseveraciones. Pero afirmar algo: “somos representantes validos que no hay otros” aunque utilice un  tono autoritario, no lo convierte en verdad.  Sigue, en tono de amenaza Armando Montesino  “quienes se nieguen al diálogo quedarán en evidencia”. Y por último añade: “de manera natural representamos al sector completo”. Este tono recuerda regímenes totalitarios donde un grupo se inviste “de manera natural” como representante de toda la población. Dudo que la ideología que subyace de estas palabras y el tono sea representativo de la ideología del arte contemporáneo hoy. Por otro lado estas palabras de Armando Montesino se contradicen con la declaración de la mesa como “plataforma abierta, inclusiva y participativa”.

Pero y ¿Por qué tanta insistencia en investirse como representantes de la totalidad y de una realidad?  Una respuesta es que hay un interés en que la realidad no se destape y para ello hay que consolidar una realidad ficticia y conveniente (es decir una falacia) como la única verdad. Una falacia es una cosa haciéndose pasar por otra, una falsedad que se ha instaurado como verdad en el imaginario colectivo, o un mito. Aquí incluyo algunas falacias del arte que considero apropiadas para esta mesa:

* Apoyar con fondos públicos a las galerías de arte es una forma de apoyar al arte: falso

Una galería de arte es una tienda. Las galerías ofrecen acceso gratuito al público ( lo mismo que lo hace una galería de alimentación,  una zapatería o unos grandes almacenes)  pero hay que distinguir entre acceso público y beneficio público. Hubo un momento en que las galerías asumieron, por falta de otros  lugares,  una función pública de dar a conocer el arte. Pero ese tiempo pertenece al pasado. Los galeristas ahora, solo promocionan a uno o dos de sus artistas (los demás, aunque tengan galería, no pueden vivir de su trabajo) que llevan a ferias para intentar vender sus obras en las casas de subastas.

Una galería es un negocio de venta de arte; no tengo objeción alguna a que algo sea un negocio salvo que intente hacerse pasar por no ser negocio y pretender hacer creer que fomenta el bien común.

Lo que define a algo como empresa es su  finalidad y su estructura. En primer lugar, es su finalidad (ánimo lucrativo  o no lucrativo) y no el tipo de producto que vende lo que hace que un ente sea o no de orden empresarial.  Así, una galería de arte tiene un fin lucrativo, su objetivo es incrementar sus bienes (su beneficio es privado  que no  público). Una galería que vende arte no tiene obligación de invertir sus excedentes, o beneficios en el bien común; a diferencia, un teatro sin ánimo de lucro que vende entradas si obtiene beneficios estos  de revertir en el bien común y no en el titular del teatro. Por otro lado, el hecho de que una tienda al vender libros o medicinas, o arte, sirva al publico  lo convierte en un “servicio”  no en ente de beneficio publico.

Aunque estamos acostumbrados a políticas descabelladas en las que los gobiernos apoyan a los bancos (empresas privadas que prestan y custodian dinero para hacer mas dinero) y que se han transmitido en los últimos años a la administración central,  como el ministerio de cultura quien, a través de promoción de bellas artes, ha dado ayudas de promoción del arte español  exclusivamente a galerías (http://fundacionmosis.com/blog/?p=363), no podemos pretender que esas medidas descabelladas se legitimen. Al contrario hay que recuperar la razón  y evitar que los encargados de políticas culturales, ante un cambio de gobierno, sigan desviando el dinero publico y lo ofrezcan a empresas privadas como son las galerías, las casas de subastas y las ferias de arte.

En segundo lugar, lo que define a algo  como empresa es su estructura restringida o abierta. Precisamente porque son entidades de bien común, las reglas de una entidad sin fin de lucro son mucho mas restrictivas que las de una empresa o  (PYME) autónomo. Mientras que una fundación por ejemplo tiene cuentas publicas y los patronos no pueden cobrar por su trabajo de representación un galerista cobra una comisión por su trabajo de representación (normalmente el 50% de la venta). No se debe pretender beneficiarse de la flexibilidad de una empresa pero obtener las ventajas de una entidad sin animo de lucro. Las galerías han de ser consecuentes con su realidad jurídica.

El galerista como intermediario, es un agente comercial útil para favorecer un intercambio pero encarecedor del producto que vende. Las galerías, en su calidad de intermediarios,  provocan la subida de los precios (al menos se duplica, ya que la galería se lleva una comisión del 50%). Si las galerías no son capaces de subir el precio proporcionalmente a la demanda existente, el artista pierde dinero, pues solo obtiene la mitad de lo que obtendría si vendiera su trabajo sin esta intermediación.

* Apoyar con fondos públicos a las ferias de arte es apoyar su difusión: falso

Las ferias están en su mayoría al servicio de las casas de subastas, proveen de material al mercado secundario. Para revender en subasta hay que comprar antes; en la feria se compra, pero solo lo que ya se sabe que se va a revender. Los artistas se internacionalizan al acudir a estos espacios, pero, puesto que solo van aquellos que las galerías seleccionan (y casi siempre llevan a los mismos), las ferias de arte únicamente sirven para internacionalizar a los artistas elegidos, y no para dar a conocer a unos determinados artistas en otros países. Los esfuerzos se dirigen a que un artista salte del mercado primario al secundario, ya que es solo en este último espacio donde se consolidan como valores. Sin embargo, el 99.9% de los artistas que tratan de alcanzar el mercado secundario nunca llegarán: allí ya se ha decidido qué artista y que carrera quieren consolidarse.

La confusión entre el arte comercial y el arte con un beneficio público

Cualquier artista o persona familiarizada con el arte no tendrá problema en distinguir el arte comercial del arte con un beneficio público. Dado que el arte es por esencia no comercial (a pesar de que se pueda vender) y de que se trata de una forma de conocimiento, otro modo de nombrar esta distinción podría ser el arte y el no-arte.

A pesar de que el no-arte o el arte comercial y el arte con un beneficio público son similares, distinguir lo que es arte de lo que no lo es parece más problemático que distinguir el arte que es comercial del no comercial. Gran parte del no-arte se camufla bajo la vestimenta del arte, lo que ocasiona que los verdaderos artistas queden fuera de la disciplina. Este texto pertenece a un manuscrito mayor <El «ARTE RESORT», O la historia del no-arte haciéndose pasar por arte> que trata sobre la usurpación del arte o de la infiltración del no-arte en los territorios del arte.

Nos enfrentamos a una realidad:  de todos los agentes implicados en el mercado del arte, los artistas son los únicos que generan dinero y los que menos lo reciben. A los artistas no se les paga, pero ¿por qué? Mi respuesta a esta pregunta es la siguiente: existen dos sistemas de arte, el comercial y el no comercial, y ambos, de forma inconsciente, conviven entrelazados. El principal problema reside en que, si ambos son en realidad dos cosas diferentes, tratar de mantenerlos bajo el mismo paraguas (mercado) solo fortalece al fuerte (al arte comercial) y debilita al débil (al no comercial). El pez gordo se come a los peces pequeños.

Las instituciones y los museos comenzaron a creer que había alguna verdad en el dictado «Es arte si se vende» y así participaron en la promoción de las obras de ciertos artistas para revenderlas en el mercado secundario. Funciona de la siguiente manera: al hacerle una exposición a un artista y adquirir parte de su obra, si este acaba consolidándose, el patrimonio del museo incrementa su valor. Los artistas están ansiosos por encontrar una galería y asistir a las ferias en las que poder vender su arte a museos y centros extranjeros, y que además de adquirir una pieza estos les dediquen una exposición. Los museos normalmente los dirigen historiadores de arte con poco o ningún interés en los mercados y sin conocimiento de cómo funcionan (sus participantes y su valor). Sin embargo, las operaciones mercantiles entran en juego cada vez que por ejemplo compran arte en las ferias, ferias que a su vez están subsidiadas por las casas de opciones que promovieron a un artista de una tendencia determinada (nótese que este artista emergente no es valioso por haber creado una tendencia, sino por haber sido investido por ella para ser vendido). El sistema del arte comercial, el mercado, arrasa con todo aquello que encuentra a su paso: el arte no comercial y el arte con un beneficio público. Las instituciones públicas gastan todos sus recursos en comprar obra a los artistas de moda, en lugar de promover que el arte se entienda como un valor, lo que lentamente aumentaría su demanda, haría posible que el artista vendiera su trabajo y pudiera ganarse la vida con él, al tiempo que se enriquecería al público en general y se mejoraría el nivel del arte. Al haber más artistas, potencialmente, existiría una mayor proporción de los que son buenos (este es el caso de Holanda, donde existe una elevada ratio de artistas y cineastas reconocidos, económicamente, mediante un pago mensual por el Gobierno).

Al mismo tiempo, los artistas comerciales se infiltran en los circuitos «independientes de la esfera del mercado» y entran en el arte, por ejemplo, a través de las convocatorias de los centros de arte y culturales. Los artistas comerciales pueden permitirse costear la producción de obra de gran tamaño, productos que son brillantes y llaman la atención. El rápido crecimiento de ese tipo de centros ha provocado que sus directores compraran obra de artistas reconocidos para conseguir prestigio y, a la vez, de artistas locales con los que llenar las paredes de sus centros. Esto ocurrió hace unos años, pero ahora habría que preguntarse por el sentido de semejante estrategia: cuando las instituciones compran por prestigio, consolidan una tendencia del arte en lugar de cuestionarla. Pero toda institución ha de tener un criterio propio y no seguir uno ajeno. Por otro lado, a menudo se compra obra, a través de los premios, de artistas locales que son meros seguidores de los que han adquirido cierto prestigio y no aportan nada nuevo, lo cual no hace sino añadir otro problema. Los artistas comerciales, que tienen un excedente de beneficios y el sueño de exponer y de ser reconocidos, concursan ansiosos por que el premio les aporte prestigio. Sin embargo, un premio supone el reconocimiento de una acción extraordinaria realizada en el pasado y no debe convertirse en el aval para un reconocimiento futuro cuando no existe pasado alguno que premiar. Conforme el sentido del premio se pervierte, las instituciones que lo conceden pierden a su vez el prestigio: el premio ya no premia el arte; solo sirve como reclamo para aumentar las cuotas de las inscripciones y recaudar más dinero. Por su parte, los artistas, que antes conseguían ingresos a través de estos premios, ahora, con menos ventas que nunca, ya no pueden darse el lujo de gastar dinero en la inscripción. Como se trata de una convocatoria abierta, los premios acaban en manos de los artistas comerciales. Y al final las instituciones y los centros culturales adquieren obras que no poseen un verdadero valor artístico y que devalúan su patrimonio.

Además, debido a esta infiltración de los artistas comerciales a través de los centros de arte, el significado de las exposiciones cambia. Una exposición, en el caso de los artistas, es un momento de evaluación y difusión de un trabajo con una posible utilidad pública (o con fines no comerciales), y de promoción en el caso de los artistas comerciales. Para un artista no comercial, una exposición sirve para enseñar a otros colegas el estado de sus experimentos. Es el momento de sacar a la luz un descubrimiento o el fracaso del mismo. Hacer público el trabajo no implica necesariamente que se venda. En la exposición se realiza el esfuerzo de poner a disposición del público en general la obra del artista. Es raro que haya ventas porque no hay nada que vender, no hay objetos, lo que vemos no es una colección de objetos, sino la demostración de una teoría, de un proceso, de un sistema. En cambio, no existe ni experimentación ni descubrimiento algunos en el arte comercial, se ve exactamente la misma cosa una y otra vez, no hay proceso ni rastro de la pelea entre el artista y la materia, ninguna intensidad, no hay una búsqueda, solo una acumulación de cosas de colores colocadas para ser vendidas, dispuestas en una secuencia de la mejor manera posible para que resulten atractivas. Además, últimamente a los artistas se les pide que paguen dinero para optar a una exposición a través de una revisión de su «cartera» de piezas de arte. Esto solo tiene sentido cuando los artistas son comerciales, para quienes entonces exhibir se convierte en una oportunidad, como lo es tener un escaparate en el que enseñar lo que se tiene: es una manera de mostrar la mercancía en la calle. Sin embargo, para los artistas que no son comerciales, pagar para tener la opción de exhibir resulta una aberración, pues es a ellos a quienes habría que pagar por ofrecer su conocimiento, por traer determinadas discusiones, por presentar una teoría de una forma visual en una sala de exposiciones. Estos artistas, como no generan un producto, solo un proceso, no obtienen ningún beneficio de la comercialización de sus productos.

Muchas de las costumbres y de las políticas que solamente sirven en el arte comercial se aplican a todo el arte. Tal confusión genera un efecto perverso en el mercado y provoca la ausencia de un arte que tenga una verdadera finalidad pública. Es necesario, entonces, llamar la atención sobre esta distinción.

24 de Junio del 2015

Jana Leo de Blas

Artista y pensadora empieza Fundación Mosis, modelos y Sistemas, Arte y Ciudad en Madrid 2008. Doctora en Filosofía por la UAM y Master en Arquitectura pro la universidad  de Princeton, vive entre Madrid y Nueva York

teléfono 34 657529043

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